Temática de mi formación, errores, oportunidades, la visión general de mi profesión desde una perspectiva pesimista, para posteriormente configurar una nueva visión.
viernes, 16 de marzo de 2012
Aprendizaje por competencias
Conceptos aprendizaje
jueves, 23 de febrero de 2012
DIAGNÓSTICO SOCIOEDUCATIVO: EL ENTORNO
miércoles, 8 de febrero de 2012
Mi aventura docente
“La docencia nunca es neutra, hay que optar por alguna posición respecto a qué es enseñar, aprender, ser profesor, ser alumnos, educar…”
Los relatos de experiencias escolares en la formación docente
De pequeña jugaba a ser maestra, juntaba a mis primos y mi hermano e imitaba a mi mamá, pensaba que el ser maestro no implicaba más que mis supuestos alumnos hicieran sin chistar planas de letras o bolitas y mi función era poner dieces.
Mis padres son maestros, los acompañaba a todos los eventos educativos, platicaban constantemente sobre como solucionar tal o cual situación en su salón o con los profesores, yo escuchaba. Naturalmente me empapé de conocimientos habilidades, actitudes y valores afines y también contrarios a la docencia, en ese transcurrir de los años me di cuenta que era un trabajo complicado, que el acto de enseñar no es objetivo y mucho menos parecido a un juego.
Así que si me preguntaran ¿cuándo ingresé al ámbito educativo? mi respuesta sería: desde que nací (aunque carezco de recuerdos fidedignos).
Ingresé formalmente al estudio de mi profesión a mis dieciséis años en la Escuela Normal Experimental “Huajuapan”. En el proceso de mi formación docente hice mis prácticas respectivas, me enamoré de cada niño y me apasioné en cada escuela pero sólo por una semana o por mucho un mes, nunca fui realmente responsable de los grupos atendidos (es como cuando se carga a un niño ajeno, puedes sostenerlo en tus brazos pero en cuanto empieza a llorar lo regresas a su madre), para trabajar los contenidos concernientes buscaba alguna información importante, elaboraba mi planeación conforme a los tres momentos de adquisición del conocimiento, en base a lo que había aprendido en la primaria y copiaba algunas actividades que mis maestros de la infancia aplicaron conmigo, nunca supe si dieron resultado. Y cuando en el salón de clases todos los compañeros compartían su experiencia de las jornadas de práctica confrontándola con la teoría no asimilaba su relación.
A mi egreso de la normal fui ubicada en una escuela a cuatro horas de la ciudad donde estudié, en una comunidad rural grande que contaba con tres instituciones educativas: Preescolar, primaria y secundaria.
La primaria en donde trabajé era de organización completa, de grupos numerosos, la población escolar en su mayoría hablaban el mixteco y el español, eran pocos los que hablaban solamente mixteco. Estuve dos años viviendo y trabajando en esa comunidad, me di cuenta de que a parte de la enseñanza en el aula había otras actividades (menos importantes) que acaparaban mi tiempo además de que no sabía incluirlas con la primordial: Ensayos para programas sociales, actividades no laicas como día de muertos, navidad, semana santa, fiesta del pueblo, elaboración de documentos de ámbito administrativo (estadística, lista de asistencia, inventarios, toma de posesión, reanudación, boletas, formas), actividades deportivas de la zona, actividades sindicales, reuniones de planeación y organización con maestros y con padres de familia, etc.
Comprendí que el proceso enseñanza aprendizaje era más complejo de lo que pensaba, que en él intervienen factores externos que lo nutren, lo maduran, que para ser maestro no basta estar metido en el salón y cumplir con mi planeación y horario de trabajo, me percaté que yo decido ser un agente de cambio o de pasividad, que como maestra (y como persona) necesito de otros, que es indispensable el trabajo colaborativo.
Mi trabajo docente a lo largo de estos seis ciclos escolares en tres escuelas diferentes han sido provechosos en lo laboral, educativo y afectivo, he dividido este tramo de vida docente en cuatro etapas:
Etapa de ubicación y conflicto Fue el inicio de mi vida docente, arribé al mundo educativo con muchas ganas de trabajar y poner en acción los “conocimientos” que había adquirido en mis cuatro años de estudio de la licenciatura en educación primaria, ansiaba tener a mi cargo un grupo de alumnos e hice varios proyectos que no concluí primero por mi inexperiencia laboral en el aspecto administrativo, burocrático, tenía el conocimiento, la información pero me hacía falta poner en práctica ciertas actitudes que permitieran que el trabajo en la escuela fuera más llevadero. Mis compañeros de trabajo todos mayores a mí y con varios años en el servicio no coincidíamos en muchos aspectos y me desanimaba escuchando una misma frase “eso dices porque apenas saliste de la normal, pronto te darás cuenta que nada tiene que ver la teoría con la práctica”. Además de que a mis veinte años no tenía la capacidad ni la madurez de aceptar mis errores y de ser más tolerante con las ideas de otros, fue así como llevé a cabo varias actividades con mi grupo y mis padres de familia en colaboración con compañeros que trabajaban en otras comunidades y que teníamos ideas afines, sin embargo mi práctica docente de ese primer año dejó huecos que jamás se llenarán, en mi afán por obtener resultados inmediatos dejé muchas cosas a medias. Tenía un concepto de maestro muy diferente al real. El rol del maestro visto desde una perspectiva meramente teórica no es suficiente, necesita competencias afines a su labor, también existen factores políticos, organizativos, sindicales que desvían su práctica educativa. Entré en conflicto, no sabía cómo vincular la teoría y la práctica, después me enteraría del concepto de competencia…
Etapa de adaptación El segundo año en esa misma escuela fue más calmado, ya lejos de la efervescencia que provoca la novedad, con la calma que trae lo previsto vino también un momento muy llano en el sentido educativo, no hubo altibajos. Lo administrativo, sindical y organizacional ya no me lastimaban, pero tampoco me ayudaban a mejorar, mi trato era más afable y mi tacto pedagógico mejoró sin embargo no innové, solo me mantuve.
Etapa de abandono Cambié de escuela a medio ciclo escolar, el grupo que atendí era de quinto grado, la escuela era muy pequeña, los grupos menos numerosos, una diferencia obvia era la juventud de los maestros (la mayoría de nuevo ingreso), la comunidad no hablaba ningún dialecto y contaba con todos los servicios. Los intereses de mis compañeros no era su trabajo docente, y al parecer mío tampoco pues fácilmente me olvidé de mi propósito laboral. No planeaba, improvisaba sobre la marcha, tuve suerte de que los grupos con los que trabajé eran del mismo ciclo que en la escuela anterior, trabajaba contenidos conocidos, tomé actitudes que no eran acordes a mi profesión. No quiero justificar mis acciones pero me decepcione del magisterio, renegaba de ser profesora pues noté que la corrupción y flojera rodeaba a cada profesor conocido, dejé de oír los consejos de mis padres y me llené de fango. En ese cauce estaba cuando leí mis anotaciones de años pasados (mis inicios como profesora), recordé mis ganas de trabajar y me decepcioné de mí.
Etapa de investigación La comunidad en la que actualmente laboro es de donde soy originaria, las características de esta escuela son totalmente diferentes a las anteriores pues es una escuela de organización incompleta, pero considero que mi manera de pensar y actuar es diferente a cuando novata, soy consciente de lo que hago, soy consciente de lo que quiero y estoy decidida a hacer un trabajo basado en la constancia, disciplina, solidaridad, respeto, responsabilidad, también estoy consciente de mis defectos y debilidades como profesora o persona, pero lo que cuenta ahora es que quiero profesionalizarme y a través de mis experiencias redefinir mis competencias docentes, pues ese conjunto de conocimientos, habilidades, actitudes y valores hacen la diferencia en el desarrollo de mi práctica educativa.
